Por Qué Muchas Víctimas de Violación Sexual No Gritan Ni Se Defienden

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En medio de una violación sexual, el circuito cerebral del miedo domina a la víctima. La corteza prefrontal puede ser seriamente afectada y todo lo que queda puede ser los reflejos y los hábitos.

Muchas víctimas de violación sexual han descrito como reaccionaron– y no reaccionaron – durante el ataque. Un artículo, publicado recientemente en la revista Harvard Review of Psychiatry, muestra que algunas de las reacciones están programadas en el cerebro humano por evolución.

Conectar los relatos de personas que han sufrido una violación con la neurobiología del trauma puede jugar un papel esencial de apoyo a la sanación y la búsqueda de rendición de cuentas y la justicia. Por ejemplo, “la congelación” es una reacción del cerebro cuando detecta un peligro, especialmente el ataque de un predador. Piense en un animal que queda “patitieso”.

Como dijo una mujer, “Yo no le dije que no, pero no supe que hacer, me quede como congelada”. La congelación ocurre cuando la amígdala – una parte crucial del circuito cerebral del miedo – detecta un ataque y ordena al tallo cerebral que inhiba el movimiento. Sucede de manera veloz, automática e inconsciente.

Es una reacción del cerebro que rápidamente pone al organismo en estado de vigilancia, en caso de posibles ataques y necesidad de escapar. Los ojos se ensanchan y las pupilas se dilatan. El oído se vuelve más agudo. El cuerpo está listo para pelear o fugarse. Pero como podemos ver, no todas las victimas necesariamente pelean o se fugan. 

Simultáneamente con la reacción de congelación, el circuito cerebral del miedo desata una oleada de “químicos de estrés” en la corteza prefrontal, la región cerebral que nos permite pensar racionalmente – por ejemplo recordar que la puerta de la habitación está abierta o que hay gente en la habitación de la par y además poder usar esta información. Pero la oleada de químicos afectan rápidamente la corteza prefrontal. Esto sucede porque a pesar de nuestro papel de especie dominante en el planeta ahora, hemos evolucionado como presa y cuando tenemos un león o un tigre en frente, detenerse para pensar puede ser un error fatal.

En efecto, nadie entiende mejor que los militares que el miedo intenso daña nuestra corteza prefrontal y la capacidad de razonar. Cuando hay balas volando y sangre derramándose, más nos vale aprender hábitos muy efectivos. Por eso el entrenamiento de combate militar es riguroso y repetitivo – para crear los hábitos de disparar armas efectivamente,  ejecutar formaciones de combate, etc.

¿Pero qué tal si en una violación sexual la víctima no cuenta con haber aprendido hábitos efectivos?

¿Qué tal si usted es una mujer y su cerebro solo cuenta con los hábitos que ha usado antes para evitar insinuaciones sexuales – como decir, “Ya me tengo que ir a casa” o “Su novia se va a enterar”?  Estas frases, junto con comportamientos tal vez pasivos, podrían ser sus únicas respuestas, hasta que sea demasiado tarde.

Víctima tras víctima ha descrito estas reacciones. Muy frecuentemente los policías, fiscales, administradores de universidades, hasta amigos y familiares de las víctimas se preguntan – y lo dicen – “¿Por qué no salió corriendo de la habitación?” “¿Por qué no gritó?”

Para aquellos que asumen que la corteza prefrontal funciona – incluyendo muchas víctimas cuando reflexionan sobre lo que les paso – las reacciones pasivas habituales pueden ser desconcertantes. Parecen exactamente lo opuesto de cómo deberían haber reaccionado.  Pero cuando el circuito cerebral del miedo toma las riendas y la corteza prefrontal se deteriora,  todo lo que nos queda puede ser hábitos y reflejos.

Si el circuito cerebral del miedo percibe que escapar es imposible y resistirse es inútil, entonces los reflejos extremos de sobrevivencia (que los científicos llaman “respuestas de defensa de animales”) toman las riendas, en lugar de pelear o fugarse. Estos reflejos se pueden activar automáticamente cuando el cuerpo está en las garras de un predador – y cuando la presa teme la muerte o heridas serias, como reportan la mitad de las víctimas de violación.

Unas de estas respuestas es la inmovilidad tónica. Durante la congelación, el cuerpo y la mente están en estado de vigilancia, lista para la acción. Pero durante la inmovilidad tónica, el cuerpo literalmente se paraliza por el miedo, se pone rígido y las manos se pueden adormecer.

La inmovilidad de colapso es otra de las respuestas. Imagínese un animal haciéndose el muerto. Si desea ver videos de humor (y tomar un descanso de este tema tan intenso), puede ver video de YouTube que aparecen con una búsqueda de “passes out on Slingshot ride” (se desmaya en un viaje de honda).

Algunas víctimas describen sentirse “como una muñeca de trapo” mientras que el violador hacia lo que quería. Debido a que el ritmo cardiaco y presión arterial disminuyen rápidamente, personas se sienten débiles y hasta pueden desmayarse. Algunas describen sentirse “adormecidas”.  

Muchas veces las víctimas encuentran que no les creen en las estaciones de policía y las cortes: ¿Cómo puede ser una violación si usted estaba adormecida?”

Otra reacción más común es la disociación: la desconexión las horribles emociones y sensaciones durante una violación tan íntima; dispersarse o sentirse irreal, como en un sueño; o la atención se concentra en un punto en el cielo raso o en los sonidos de la calle.  

Si a una víctima la han drogado o dejado inconsciente, eventualmente el circuito cerebral del miedo detectara el ataque y tomara las riendas.  

La mayoría de las víctimas se congelan, aunque sea brevemente. Algunas se defienden efectivamente. Algunas se resisten en forma pasiva. Algunas se rinden de repente y lloran. Otras se paralizan, se debilitan, se desmayan o se disocian.

Pocas de las personas que han experimentado estas reacciones se dan cuenta de que son reacciones naturales del cerebro a un ataque y terror. Se culpan a sí mismas por no defenderse. Se sienten avergonzadas. Los hombres víctimas en particular se sienten como cobardes y no “hombres de verdad”.  A veces no le cuentan a nadie sobre estas reacciones, incluso durante la investigación policial. Tristemente, muchos detectives y fiscales aún no saben sobre estas reacciones cerebrales.

Ninguna de estas reacciones– tanto en mujeres como hombres – implican dar permiso o cobardía. Tampoco son evidencia de que la víctima no se defendió lo suficiente como para merecer nuestro respeto y compasión. Son reacciones que debemos esperar ya que el circuito del miedo domina al (así como debemos esperar que las memorias de una violación sean fragmentadas e incompletas).

Ojalá llegue el día cuando todos los que conocemos a alguien que ha sufrido una violación – todos nosotros, aunque lo sepamos o no – entendamos estas formas básicas en que nuestros cerebros reaccionan a tales ataques, y que usemos este conocimiento para promover la sanación y la justicia.

James W. Hopper, PhD, es consultor independiente y profesor a tiempo parcial en Psicología en el Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de Harvard. Ha realizado investigaciones sobre la neurobiología del trauma y capacita a investigadores, fiscales, jueces y profesionales de la educación superior sobre sus implicaciones.

Traducción de Diana Bermudez, Ph.D.